La carretera, de Cormac McCarthy: la luz que nace de la oscuridad

Carretera húmeda que serpentea entre colinas oscuras bajo la niebla, para el artículo sobre La carretera de Cormac McCarthy

La carretera es mi libro favorito de todos los tiempos. Lo digo sabiendo que casi todo el mundo lo recuerda como una de las novelas más tristes y oscuras que ha leído. Yo lo veo de otra manera, y en este artículo quiero contarte por qué.

Quién fue Cormac McCarthy

Cormac McCarthy nació en Providence (Rhode Island) en 1933 y creció en Knoxville, Tennessee, donde ambientó sus primeras novelas. Murió en Santa Fe, Nuevo México, en junio de 2023, con 89 años. Fue un escritor esquivo, que concedió poquísimas entrevistas y prefería la compañía de científicos a la de otros novelistas: pasó sus últimas décadas muy vinculado al Instituto Santa Fe, un centro de investigación científica.

Su obra es corta en títulos y enorme en peso. En 1985 publicó Meridiano de sangre, que muchos críticos consideran una de las grandes novelas americanas del siglo XX. Después llegaron la Trilogía de la Frontera, que arranca con Todos los hermosos caballos (1992), y No es país para viejos (2005), que los hermanos Coen llevaron al cine. En 2006 publicó La carretera, que ganó el Premio Pulitzer de ficción en 2007. Su último trabajo fueron dos novelas hermanas, El pasajero y Stella Maris, en 2022.

La carretera tiene un origen muy personal. McCarthy contó que la idea le vino en un hotel de El Paso, una noche en la que su hijo pequeño dormía y él se asomó a la ventana imaginando cómo sería aquella ciudad dentro de cincuenta o cien años. El libro está dedicado a ese hijo, John.

De qué trata La carretera

Un padre y su hijo caminan hacia el sur por un país arrasado. Algo ha ocurrido, una catástrofe que nunca se explica, y el mundo ha quedado cubierto de ceniza. No hay animales, apenas crece nada, hace frío y casi nunca sale el sol. Los pocos supervivientes se dividen entre los que se esconden y los que cazan a otros hombres para comérselos.

Ellos dos empujan un carrito de supermercado con lo poco que tienen, una pistola con un par de balas y un plan muy simple: llegar a la costa antes de que el invierno acabe con ellos. Eso es todo. No hay más trama, y no hace falta.

La oscuridad como artificio

Es fácil quedarse con lo terrible. McCarthy no ahorra nada: hambre, cadáveres, sótanos que es mejor no abrir. Por eso se repite tanto que es un libro desolador. Pero si lo lees con atención, todo ese gris tiene una función muy precisa. El autor apaga el mundo entero para que solo quede encendida una cosa: lo que se dicen el padre y el hijo.

Fíjate en todo lo que McCarthy quita. Los personajes no tienen nombre, son el hombre y el chico. No sabemos qué pasó ni en qué año estamos. La prosa es seca, sin adornos, con diálogos sin comillas que a veces son de dos o tres palabras. El paisaje es siempre el mismo: ceniza, frío, carretera. Es como un cuadro tenebrista, como esos lienzos de Ribera o de Zurbarán en los que el fondo es negro precisamente para que la figura iluminada salte hacia ti.

Y lo que salta es bondad. En un mundo donde nadie se fía de nadie, el niño pregunta una y otra vez si siguen siendo de los buenos. Quiere compartir la comida con un viejo que encuentran en el camino. Le pide a su padre que no abandone a un desconocido. El padre, que se ha endurecido para poder protegerlo, le asegura que ellos llevan el fuego, una imagen que vuelve a lo largo de todo el libro y que lo resume: dentro de ellos queda algo que no se ha apagado y que hay que cuidar.

Esas conversaciones son lo que de verdad cuenta la novela. Si el mundo de alrededor fuera un poco menos cruel, la ternura del padre y la inocencia del chico pasarían casi desapercibidas. Como todo lo demás está a oscuras, cada pequeño gesto (repartir una lata de melocotones, abrigar al niño mientras duerme, contarle historias de valientes) brilla con una fuerza que muy pocas novelas consiguen.

Aviso: el siguiente párrafo cuenta el final.

Hasta el final apunta en esa dirección. El padre, enfermo, muere en la carretera, pero el niño no se queda solo. Lo encuentra una familia que también lleva el fuego, y una mujer que le habla de Dios. Después de todo un libro de ceniza, McCarthy cierra con la imagen de unas truchas en un arroyo de montaña, un recuerdo del mundo que fue. No es un final feliz, pero sí un final abierto a la esperanza. El fuego pasa de unas manos a otras.

Por qué es mi libro favorito

Cada vez que vuelvo a él me deja lo mismo: la sensación de que la bondad no depende de las circunstancias. Que se puede ser de los buenos incluso cuando ya no queda nada, y que esa decisión se transmite, se enseña, igual que un padre le enseña a su hijo a encender una hoguera. Para mí es un libro sobre la paternidad, sobre la fe y sobre la dignidad, mucho más que un libro sobre el fin del mundo.

También es una lección de escritura. McCarthy demuestra que con muy pocas palabras se puede decir muchísimo, y que el lector agradece que confíen en él. Es una novela breve que se lee en un par de tardes y se queda contigo durante años.

La carretera y Meridiano de sangre

Si La carretera te gusta, tarde o temprano llegarás a Meridiano de sangre, y conviene ir avisado: son dos libros muy distintos del mismo autor.

Meridiano de sangre sigue a un adolescente, al que McCarthy solo llama el chaval, que a mediados del siglo XIX se une a una banda de cazadores de cabelleras en la frontera entre México y Estados Unidos. Se inspira en hechos reales, la banda de John Glanton, y su violencia es casi continua. Por encima de todos destaca el juez Holden, uno de los personajes más inquietantes de la literatura: culto, enorme, encantador y absolutamente malvado.

La gran diferencia es que en Meridiano de sangre no hay contrapeso. No hay un niño que pregunte si son los buenos ni un fuego que proteger. Allí la oscuridad no ilumina nada, es el tema del libro. También cambia la prosa: frente a la sequedad de La carretera, McCarthy escribe con un estilo barroco, casi bíblico, de frases larguísimas y vocabulario antiguo.

Las dos son obras maestras. Meridiano de sangre es la más ambiciosa y la que más impresiona; La carretera es la que más emociona. Si tienes que empezar por una, yo empezaría por La carretera.

Preguntas frecuentes

¿La carretera es un libro difícil de leer?

No. Es corta, con fragmentos breves y diálogos muy sencillos. Lo que puede costar es el tono, sobre todo al principio. A las pocas páginas te acostumbras a su ritmo y ya no lo sueltas.

¿Hay película de La carretera?

Sí. En 2009 John Hillcoat la llevó al cine con Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee como padre e hijo. Es una adaptación fiel y muy cuidada, aunque el libro llega mucho más hondo.

¿Qué premio ganó La carretera?

El Premio Pulitzer de ficción de 2007, el reconocimiento más importante de las letras estadounidenses.

¿Por qué libro de Cormac McCarthy empiezo?

Por La carretera. Es el más accesible y el que mejor resume su mirada. Si te engancha, sigue con No es país para viejos y deja Meridiano de sangre para cuando ya conozcas su estilo.

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